Todo es imposible hasta que salís y jugás
Pasé 16 años en el fútbol argentino, de los 8 a los 24, y no llegué a primera. El fútbol no me dio una carrera: me dio la formación. Competir de buena fe, el pivot a los 21 y por qué hoy juego Tegu con la misma cabeza.
Pasé 16 años en el fútbol argentino. De los 8 a los 24. No llegué a primera.

De chico, con la camiseta de Boca, cuando todo recién empezaba.
Hice inferiores en Atlético de Rafaela y en Belgrano de Córdoba. Doble turno, sin fines de semana, viajando por toda Argentina. Le ganamos a River al lado del Monumental. A los 21, Belgrano me dejó libre.

En las inferiores de Atlético de Rafaela.
Formarse en inferiores no es "jugar al fútbol"
La lista de convocados es pública. La titularidad se gana o se pierde según lo que hacés el domingo. Todos los días te medís contra pibes objetivamente muy buenos (yo competía el puesto con uno que terminó llegando a Boca). Así de fino es el margen: entrenás igual, querés igual, y a veces no alcanza.

La titularidad se gana el domingo: un partido de inferiores con Rafaela.
Y la selectividad es brutal. Un año éramos unos 40 en el plantel. Al siguiente quedaban 15. Eso lo vivís a los 15 años, entrenando sábados, domingos y feriados, haciendo pretemporada mientras tus amigos salen de fiesta o juegan a la Play. Te jugás llegar a primera, el contrato, el reconocimiento, y competís todos los días contra tus propios compañeros, porque todos quieren tu puesto.

El plantel de inferiores de Atlético de Rafaela.
La competencia tiene un límite
Esa competencia feroz tiene un límite claro, y es el interés del equipo. Ganar el partido y el club están por encima de cualquier interés individual. Cuando eso se rompe, se pudre todo. Y el fútbol te pasa factura rápido, el plantel te lo hace saber.

Con un compañero en Rafaela: competís por el puesto, pero el equipo va primero.
Por eso no podés llegar pisando a otro, y no podés llegar copiando a otro. Tuve compañeros que jugaban sucio para destacarse, y ninguno llegó a un nivel alto. En algún momento de tu historia te das cuenta de que así no se puede. Hay que actuar de buena fe.
El pivot a los 21
En 2020 hacía una doble vida: a la mañana entrenaba en Belgrano, a la noche cursaba la carrera de videojuegos en la universidad (la había empezado en 2018). Ahí, en pandemia, escribí mi primera línea de código. Un año después, el club me dejó libre. Nadie te prepara para que se termine lo que pensabas que iba a ser tu vida.

Aprendiendo inglés por Zoom con mi profe, en plena pandemia.
Encontré el software, construí una identidad nueva, y seguí jugando en el Regional hasta los 24 mientras tanto (de competir contra Boca y River a las canchas del interior). Ese descenso también forma.

Izquierda: mis apuntes de HTML y CSS a mano, con el mate al lado. Derecha: noviembre de 2021, commit a commit, un juego de ruleta en C#.
Dejar el fútbol fue parte del proceso. Sostener ese ritmo desde tan chico desgasta, y en un momento te cae la ficha: ¿me perdí todo entre los 12 y los 22? La pasé mal un par de años con esa pregunta. Hasta que entendí lo contrario: fue lo mejor que me pasó en la vida. Hoy emprendo y, salvo situaciones muy puntuales, nunca volví a sentir una presión ni una incertidumbre como las de entonces.
Salís y jugás
¿Me arrepiento de esos 16 años sin llegar a primera? No. El fútbol no me dio una carrera. Me dio la formación. Ganás o perdés construyendo una realidad.
Hoy lidero Tegu, y juego este partido con la misma cabeza.

Hoy: un café, dos laptops y el mapa de notas del producto.
No todos tienen que emprender (eso es circunstancia de cada vida). Pero no pienses que el otro camino es el camino fácil. El camino fácil empieza el día que desconfiás de vos mismo, que perdés la fe. Y sin fe no podés salir a jugar.
Todo es imposible hasta que salís y jugás.
No me creas nada. Buscá tus propias conclusiones. Pero actuá. Siempre actuá.